Hace unos días, en medio de una reunión de trabajo, alguien dijo con total naturalidad:
—Hazlo en ChatGPT.
La conversación siguió como si nada. Nadie preguntó cuál versión de ChatGPT, si existía una política para usarlo, si la información que se iba a subir era confidencial o si la empresa tenía alguna cuenta corporativa. Simplemente se asumió que alguien resolvería el problema con inteligencia artificial.
No fue la primera vez que veía una escena parecida. En estos dos últimos años me ha tocado trabajar con empresas de distintos tamaños y, aunque cada una tiene su propia realidad, he encontrado un patrón que se repite con demasiada frecuencia.
La inteligencia artificial ya está dentro de la empresa, pero entró por la puerta de atrás.
Lo curioso es que no la compró la empresa, la trajeron los empleados.
Hay algo que, sinceramente, me alegra. Cada vez encuentro más personas que decidieron no quedarse esperando. Se abrieron una cuenta gratuita en ChatGPT, probaron Claude, Gemini o alguna otra herramienta, comenzaron a experimentar, a equivocarse y a descubrir por sí mismos dónde realmente la IA puede ahorrarles tiempo. Esa curiosidad merece un aplauso.
Pero al mismo tiempo no puedo evitar preguntarme si esa debería ser la estrategia de una organización. Porque, en muchos casos, la empresa observa desde la comodidad cómo sus colaboradores invierten tiempo aprendiendo, consumen los tokens de sus cuentas gratuitas y descubren nuevas formas de trabajar… mientras la organización simplemente espera beneficiarse de ese esfuerzo individual.
No se trata únicamente de pagar una suscripción, se trata de decidir qué papel va a jugar la inteligencia artificial dentro de la empresa.
¿La vamos a usar para redactar documentos? ¿Para analizar datos? ¿Para generar código? ¿Quién puede utilizarla? ¿Qué tipo de información está permitido subir? ¿Qué resultados necesitan revisión humana? Esas conversaciones rara vez ocurren.
Y cuando ocurren, normalmente aparecen disfrazadas de comentario casual. Alguien comparte un documento que evidentemente fue escrito por una IA. Otro enseña un meme generado automáticamente. Otro recomienda una herramienta nueva. Todo sucede de manera informal, como si la inteligencia artificial fuera una moda pasajera y no una tecnología que probablemente redefina muchos procesos durante la próxima década.
Entiendo perfectamente por qué sucede.
Es fácil criticar desde afuera hablando de gobernanza, políticas y procedimientos. La realidad de muchas empresas ecuatorianas es muy distinta.
Las PYMEs viven una batalla permanente. No siempre están creciendo; muchas simplemente están tratando de mantener la operación funcionando. A eso hay que sumarle nuevas regulaciones, cambios legales, obligaciones administrativas y una carga operativa que consume tiempo y recursos sin generar necesariamente más productividad.
En ese escenario, pensar en una estrategia de inteligencia artificial parece un lujo y probablemente no lo sea, quizás sea precisamente lo contrario. Lo que sí creo es que la conversación debería empezar con una pregunta muy sencilla: ¿Qué esperamos realmente de la inteligencia artificial?
¿Queremos que potencie el trabajo de nuestros colaboradores o esperamos que compense la ausencia de procesos internos que nunca llegamos a construir? Porque son dos caminos completamente diferentes.
Hay otro aspecto que siempre aparece cuando dicto cursos sobre inteligencia artificial, la pregunta es casi inevitable.
—¿Es seguro subir información a la IA?
Siempre me llama la atención porque durante años llenamos grupos de WhatsApp con contratos, hojas de cálculo, documentos internos, fotografías, audios y prácticamente cualquier cosa relacionada con el trabajo. Rara vez nos detuvimos a pensar dónde terminaba toda esa información.
Ahora la preocupación apareció, y, en realidad, me parece una buena noticia. Son preguntas válidas, especialmente cuando hablamos de servicios gratuitos.
Existe una frase muy conocida en el mundo tecnológico que dice que si un producto es gratis, probablemente el producto seas tú. En muchas plataformas gratuitas, la información puede utilizarse para mejorar modelos o desarrollar nuevos servicios. Por eso es importante leer los términos de uso de cada proveedor y entender qué ocurre con la información que compartimos.
Hay proveedores que ofrecen planes empresariales donde indican expresamente que las conversaciones de la organización no se utilizan para entrenar modelos. Aun así, la siguiente pregunta suele ser la misma.
—¿Y cómo sabemos que eso es verdad?
La respuesta nunca será absoluta.
Como ocurre con tantas cosas en tecnología, termina siendo un asunto de reputación, confianza e investigación. Hay que sentarse a leer las condiciones de uso, entender las políticas del proveedor y decidir si ese nivel de riesgo es aceptable para la organización. Eso también forma parte de hacer las cosas bien.
Quizás la gobernanza no empieza con un documento de cincuenta páginas, empieza con una conversación franca entre directivos y colaboradores:
- ¿Qué están haciendo con la IA?
- ¿Qué problemas están resolviendo?
- ¿Qué información están compartiendo?
- ¿Qué herramientas realmente les ayudan?
Responder esas preguntas probablemente aporte mucho más valor que prohibir el uso de la inteligencia artificial o simplemente mirar hacia otro lado.
Sigo creyendo que el futuro es prometedor, también sigo creyendo que quienes hoy están dedicando horas de su tiempo para aprender estas herramientas tendrán una ventaja importante en los próximos años.
Pero me gustaría ver empresas que acompañen ese esfuerzo, que establezcan reglas claras, que definan procesos. Y, cuando corresponda, que paguen las herramientas que esperan que sus colaboradores utilicen.
Porque hoy muchos empleados llegan al trabajo con su propio rifle: una cuenta gratuita de ChatGPT, otra de Claude, alguna herramienta para generar imágenes y muchas horas de aprendizaje financiadas de su propio bolsillo.
Quizás eso alcance para ganar una batalla.
Pero si realmente creemos que la inteligencia artificial será parte del futuro de nuestras organizaciones, en algún momento tendremos que dejar de depender del arsenal personal de cada colaborador y empezar a construir una estrategia común.
La pregunta ya no es si la IA llegó a la empresa, la pregunta es cuándo vamos a decidir que deje de entrar por la puerta de atrás.
