Hace algunos años, cuando uno hablaba de transformación digital, la conversación casi siempre terminaba en una oficina.
Un software para facturación, una central telefónica IP, una plataforma de mensajería, un CRM, una nube pública o privada, un dashboard con gráficos bonitos y algún gerente preguntando si eso se podía ver desde el celular. Todo muy útil, por supuesto, pero también muy urbano.
La tecnología se nos metió primero por la oficina, luego por el bolsillo y finalmente por la casa. El problema es que buena parte de lo que mueve a este país no está necesariamente en un escritorio con aire acondicionado, sino en una camaronera, en una finca bananera, en un cultivo de arroz, en una planta industrial, en un canal de riego o en algún punto donde la señal celular llega cuando quiere y no cuando la necesitamos.
Y ahí es donde la transformación digital se pone interesante.
Porque una cosa es conectar una computadora a internet y otra muy distinta es conectar una compuerta, un sensor de humedad, una boya, una estación meteorológica, una bomba, un medidor de nivel, un sensor de temperatura o un nodo ubicado en medio de una hacienda.
Dicho así parece sencillo, pero no lo es.
En la ciudad nos hemos acostumbrado a pensar que todo está conectado porque tenemos WiFi, fibra óptica, datos móviles y un teléfono que se queja más por falta de batería que por falta de señal. Pero el mundo productivo, especialmente el agrícola, acuícola e industrial, tiene otras reglas. Las distancias son mayores, la energía eléctrica no siempre está disponible, las condiciones ambientales son más duras y muchas veces el dato que necesitamos no pesa casi nada, pero está demasiado lejos.
Ahí es donde entra LoRaWAN.
No quisiera convertir este artículo en una clase de telecomunicaciones, así que lo diré de la forma más práctica posible: LoRaWAN es una tecnología de comunicación pensada para que dispositivos pequeños, de bajo consumo energético, puedan enviar datos a largas distancias. No está diseñada para ver Netflix, hacer una videollamada o enviar fotos de las vacaciones. Está diseñada para algo quizás menos vistoso, pero mucho más importante: permitir que las cosas reporten lo que está pasando.
Y a veces eso es suficiente para cambiar una operación completa.
Un sensor no necesita contar una novela. Muchas veces solo necesita decir: la humedad está en este nivel, la temperatura subió, el oxígeno bajó, el canal tiene agua, la bomba está funcionando, el tanque está lleno, el motor se detuvo, el suelo necesita riego.
Son mensajes pequeños, pero valiosos.
En agricultura y acuicultura, ese dato puede representar ahorro de agua, reducción de pérdidas, mejor uso de energía, alertas tempranas, trazabilidad y decisiones tomadas con evidencia en lugar de intuición. En industria puede significar monitoreo remoto, mantenimiento preventivo y control de activos distribuidos. En gobiernos locales puede ayudar a medir variables ambientales, niveles de agua, alumbrado, movilidad o cualquier otro proceso donde el dato esté en la calle y no en una oficina.
Lo curioso es que durante años hemos querido hablar de IoT como si el problema principal fuera el sensor.
Y no siempre es así.
Sensores hay muchos. Cada vez son más accesibles, más precisos y más fáciles de integrar. El verdadero cuello de botella, al menos en muchos proyectos reales, está en la comunicación. ¿Cómo hago para que ese sensor, que está lejos, que no tiene electricidad permanente y que no puede depender de una red celular costosa o inestable, entregue sus datos todos los días?
La respuesta, en muchísimos casos, puede ser LoRaWAN.
En Ecuador el desarrollo de IoT ha sido moderado. Hay actores trabajando, hay empresas haciendo pruebas, hay universidades interesadas, hay entusiastas, hay productores que preguntan y hay proyectos que empiezan a tomar forma. Pero falta bastante. Falta más adopción, más casos de uso, más infraestructura compartida, más capacitación y, sobre todo, más decisión de llevar la tecnología a donde realmente produce impacto.
No me malinterpreten, no estoy diciendo que LoRaWAN sea la solución para todo.
En tecnología no existe una herramienta que resuelva todos los problemas. Eso lo aprendimos hace mucho. Hay casos para fibra óptica, casos para WiFi, casos para redes celulares, casos para satélite y casos en los que simplemente hay que combinar varias tecnologías. Pero cuando hablamos de sensores distribuidos, bajo consumo, grandes extensiones y mensajes pequeños, LoRaWAN deja de ser una curiosidad técnica y se convierte en infraestructura estratégica.
Hace un tiempo, desde Opendireito y TechXpert Gurú, junto a Yubox, empezamos a trabajar en esta iniciativa con una idea bastante concreta: si queremos que existan proyectos reales de IoT, necesitamos una red que permita probar, aprender, fallar, corregir y volver a intentar.
Así nació IoTodos.
IoTodos es una red que busca habilitar comunicaciones para dispositivos IoT y que hoy cuenta con más de 40 antenas. Aproximadamente el 90% de esa infraestructura se concentra entre Guayas y El Oro, lo cual no es casualidad. Son zonas donde la actividad agrícola, acuícola e industrial tiene un peso enorme y donde el dato puede dejar de ser un lujo para convertirse en una herramienta de trabajo. También tenemos presencia fuera del país, con antenas en El Salvador y Costa Rica, lo cual nos confirma algo que siempre hemos pensado: esta necesidad no es solo ecuatoriana, es latinoamericana.
Hemos realizado al menos tres cursos de certificación en los últimos dos años y seguimos evangelizando.
Uso esa palabra con cuidado, porque en tecnología evangelizar no es vender humo. Evangelizar es explicar muchas veces lo mismo hasta que alguien logra conectar la idea con su problema real. Es sentarse con productores, con técnicos, con estudiantes, con integradores, con empresas y decirles: esto no es magia, esto se puede implementar, esto se puede medir, esto puede ayudarte.
Curiosamente, en la ciudad muchas veces la respuesta ha sido más tibia.
En Guayaquil, por ejemplo, varios entusiastas que en algún momento se sumaron a la red dejaron de proveer infraestructura para mantenerla operativa. No lo digo como reclamo, porque todos tenemos prioridades y la vida se encarga de movernos el piso cada cierto tiempo. Pero sí me parece interesante que, mientras algunos en la ciudad se fueron despegando del tema, en sectores rurales varios productores agrícolas y acuícolas se conectaron con la idea y mantuvieron la red activa.
Eso dice mucho.
A veces la tecnología no prende donde hay más ruido, sino donde hay más necesidad.
Y en el campo la necesidad es evidente. Si una camaronera puede monitorear variables críticas sin enviar a una persona a tomar datos manualmente varias veces al día, hay valor. Si un cultivo puede saber cuándo regar y cuándo no, hay valor. Si una planta puede monitorear un equipo remoto sin tender kilómetros de cable, hay valor. Si una comunidad puede levantar datos ambientales con bajo costo, hay valor.
LoRaWAN tiene una virtud que me gusta mucho: es eficiente.
Y esa palabra, que a veces usamos de manera automática, aquí tiene mucho peso. Eficiente porque permite comunicaciones de largo alcance. Eficiente porque los dispositivos pueden consumir poca energía. Eficiente porque el dato que viaja no necesita ser enorme para ser importante. Eficiente porque una antena bien ubicada puede cubrir áreas donde otras tecnologías resultan costosas o imprácticas.
Pero la eficiencia tecnológica no sirve de nada si no viene acompañada de comunidad.
Eso lo aprendimos con el software libre, con la voz sobre IP, con Elastix, con los eventos, con los cursos y con cada proyecto que ha requerido que la gente se siente en la misma mesa. La infraestructura importa, pero la comunidad la sostiene. Las antenas son importantes, pero más importante es que alguien las instale, las mantenga, las use y enseñe a otros a usarlas.
Por eso seguimos insistiendo.
El próximo 21 de julio de 2026 realizaremos un nuevo curso, y cada participante recibirá un kit para tener su propia gateway LoRaWAN. Esto no es un detalle menor. La mejor forma de aprender una tecnología es tocándola, configurándola, equivocándose y viendo finalmente cómo un nodo transmite un dato y ese dato aparece del otro lado.
A mí me sigue pareciendo fascinante ese momento.
Puede sonar exagerado, pero cuando uno ve que un sensor ubicado a distancia envía información usando muy poca energía y que esa información llega a una plataforma donde puede analizarse, algo hace clic. De repente el IoT deja de ser una palabra bonita en una presentación y se convierte en una herramienta real.
Y ahí empieza lo bueno.
No se trata solo de poner antenas. Se trata de crear una base sobre la cual puedan desarrollarse proyectos agrícolas, acuícolas, industriales, académicos y comunitarios. Se trata de que un estudiante pueda probar una idea. Que un productor pueda medir mejor. Que un integrador pueda construir una solución. Que una empresa pueda reducir costos. Que un municipio pueda tomar decisiones con datos. Que Ecuador deje de ver estas tecnologías como algo que pasa en otras latitudes.
Quizás esa es la parte que más me interesa.
Durante años hemos repetido que en Latinoamérica podemos hacer tecnología, pero a veces nos quedamos esperando que alguien más construya la infraestructura, que alguien más traiga la solución, que alguien más nos diga qué hacer. Con IoTodos queremos empujar en la dirección contraria. Queremos que la red exista porque la construimos entre todos. Queremos que LoRaWAN se conozca porque lo enseñamos. Queremos que los proyectos aparezcan porque la gente tuvo una plataforma para probarlos.
¿Falta mucho?
Sí, muchísimo.
Faltan más antenas, más cobertura, más productores conectados, más nodos transmitiendo, más datos analizados, más casos de éxito y más personas convencidas de que la transformación digital no empieza cuando compramos un software, sino cuando entendemos qué problema queremos resolver.
LoRaWAN no es el futuro lejano. Es una herramienta disponible hoy.
Quizás no tenga el glamour de otras tecnologías más ruidosas. No promete reemplazar al ser humano, no escribe poemas, no dibuja imágenes y no se presenta como la solución definitiva a todos los males de la humanidad. Solo hace algo que necesitamos con urgencia: permite que las cosas hablen desde donde antes estaban mudas.
Y en un país agrícola, acuícola e industrial, eso puede ser más revolucionario de lo que parece.
Por hoy los dejo con esa idea.
A veces la transformación digital no empieza en una sala de reuniones, sino en una antena instalada en algún techo, en una finca, en una camaronera o en un punto alto mirando hacia el campo.
Y si esa antena permite que el dato viaje, entonces ya dimos el primer paso.
