29 de junio de 2026

La aguja, el pajar y la coordenada

Hace poco estuve en un curso de Claude.

El objetivo del instructor, como era de esperarse, era mostrar las bondades de la herramienta. Y hay que decirlo, la herramienta tiene bondades. Muchas. Uno escribe una instrucción medianamente decente y del otro lado aparece un texto, una tabla, una idea, un resumen, una estrategia o una respuesta que, dependiendo del día y del café que uno se haya tomado, puede parecer magia.

En varias ocasiones el instructor decía algo como:

“Olvídense del prompt por un momento”.

Y yo entendía la intención.

A veces, cuando uno está mostrando una herramienta nueva, no quiere detenerse demasiado en la teoría. Quiere que la gente vea el resultado, que se sorprenda, que diga “guau”, que piense en todos los correos que ya no va a escribir desde cero o en todas las presentaciones que podrá armar sin mirar durante veinte minutos una diapositiva en blanco.

Pero me quedé pensando en esa frase.

Olvidarse del prompt por un momento puede tener sentido si la audiencia ya entiende cómo hablarle a una inteligencia artificial. Pero si la audiencia no entiende bien las instrucciones de uso de esta herramienta, entonces pedirle que se olvide del prompt es casi como pedirle a alguien que busque una aguja en un pajar sin decirle en qué parte del granero debe empezar.

Y ahí es donde la cosa se pone interesante.

Porque consultar a una inteligencia artificial se parece mucho a buscar una aguja en un pajar. La información está ahí, o al menos la posibilidad de construir una respuesta útil está ahí. El problema es que hay demasiado pajar. Hay palabras, relaciones, datos, contexto, ruido, supuestos y ambigüedades.

El prompt es la coordenada.

Mientras mejor esté diseñado, más cerca estamos de la aguja.

Dicho de manera simple, un embedding es una forma de convertir texto en números. No en números para que nosotros los leamos, porque nadie en su sano juicio quiere leer una lista interminable de decimales, sino en números que una máquina puede comparar. Dos frases parecidas, dos ideas relacionadas o dos documentos que hablan de lo mismo pueden quedar “cerca” en ese espacio numérico. Dos cosas que no tienen nada que ver quedan lejos.

Hasta aquí parece una explicación de esas que uno lee, asiente con la cabeza y luego olvida cuando cierra la pestaña del navegador.

Pero llevémoslo a la vida real.

Cuando uno busca “zapatos para correr” en una tienda en línea, no espera que el sistema le muestre zapatos de vestir, aunque ambos sean zapatos. Espera que entienda la intención. Que correr implica deporte, amortiguación, suela, ligereza, tal vez entrenamiento, tal vez competencia. No buscamos solo palabras, buscamos cercanía de significado.

Eso hacen los embeddings en muchos sistemas modernos: ayudan a encontrar lo que se parece, lo que está relacionado, lo que puede responder mejor a una intención.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver esto con un buen prompt?

Todo.

Porque el prompt es la forma humana de darle dirección a esa búsqueda. Es el mapa que le entregamos a la herramienta para que no se pierda entre posibilidades. Si yo digo “hazme un artículo sobre inteligencia artificial”, probablemente obtendré algo correcto, genérico, elegante tal vez, pero sin alma. Una nota que podría haber sido escrita para cualquier persona, en cualquier país, en cualquier contexto.

Si en cambio digo: “quiero un artículo reflexivo, en primera persona, para lectores no técnicos, que explique cómo los embeddings ayudan a encontrar relaciones entre ideas y cómo un buen prompt funciona como una coordenada para obtener mejores respuestas”, entonces la búsqueda cambia.

La aguja empieza a aparecer.

No porque la inteligencia artificial se haya vuelto más inteligente en ese segundo, sino porque yo fui más claro en la instrucción. Le di contexto. Le di intención. Le dije qué quería lograr. Le dije para quién era. Le dije qué camino no debía tomar.

Eso es un prompt.

No es una frase bonita. No es un conjuro. No es escribir “actúa como experto mundial” y esperar que del otro lado aparezca un premio Nobel con tiempo libre.

Un buen prompt es una instrucción diseñada con criterio.

Y aquí hay algo que me parece importante decir: la inteligencia artificial no elimina la necesidad de pensar. La desplaza hacia otro lugar. Antes pensábamos mientras escribíamos todo desde cero. Ahora debemos pensar antes de pedir. Pensar qué queremos, por qué lo queremos, en qué formato, con qué tono, con qué límites y con qué información de base.

La herramienta hace mucho, sí.

Pero no debería pensar por nosotros lo que nosotros no hemos querido ordenar.

En el fondo, esto no es tan diferente a muchas otras tecnologías que hemos usado antes. Cuando aparecieron las centrales telefónicas IP, muchos creyeron que bastaba con instalarlas para resolver la comunicación de una empresa. Luego descubrimos que si no había procesos, responsables y una idea clara de lo que se quería lograr, la tecnología terminaba amplificando el desorden.

Con la inteligencia artificial pasa algo parecido.

Una mala instrucción produce una mala respuesta, pero con mejor redacción.

Y eso es más peligroso, porque lo mal escrito suele delatarse rápido, pero lo bien escrito puede engañarnos con elegancia.

Los embeddings ayudan a la máquina a moverse en un universo de relaciones. El prompt ayuda al ser humano a decirle hacia dónde mirar dentro de ese universo. Uno está del lado de la representación; el otro está del lado de la intención.

Por eso me cuesta aceptar la idea de que el prompt sea algo secundario.

Quizás llegará un momento en que las herramientas entiendan tanto de nuestro contexto que no haga falta explicar demasiado. Tal vez tendremos asistentes que conozcan nuestros proyectos, nuestra forma de escribir, nuestros clientes, nuestras manías y hasta esa costumbre de pedir algo “rápido” cuando en realidad queremos algo bien pensado.

Pero hasta que ese día llegue, el prompt sigue siendo el puente.

Y como todo puente, si está mal construido, uno puede tener del otro lado la ciudad más maravillosa del mundo y aun así no llegar nunca.

Volviendo al curso de Claude, creo que el instructor tenía razón en querer mostrar la herramienta sin volver la clase pesada. Pero también creo que hay una verdad que no deberíamos esconderle a nadie que empieza en esto:

La inteligencia artificial no responde solamente a lo que escribimos. Responde a lo que logramos expresar con claridad.

Y expresar con claridad no es un detalle técnico.

Es la diferencia entre encontrar la aguja o quedarse mirando el pajar, convencidos de que la aguja no existe.

Por hoy los dejo con esa reflexión.

La próxima vez que abran una herramienta de inteligencia artificial, no empiecen preguntando qué puede hacer por ustedes. Empiecen preguntándose si ustedes ya saben pedirlo.