6 de septiembre de 2026

Cuando todos tengamos superpoderes

Cuando intenté entrar a la universidad no era muy bueno en física. Decir que no era muy bueno quizás sea una forma amable de recordarlo. Lo cierto es que no sabía lo suficiente como para aprobar el examen de ingreso a la ESPOL y tuve que hacer un segundo prepolitécnico.

Para entonces ya sabía cuál era el problema, así que durante varias semanas estudié cerca de diez horas diarias en la biblioteca. Iba temprano, buscaba los libros que necesitaba y empezaba a resolver problemas. Física, matemáticas, más física, más matemáticas.

Llegó un momento en que soñaba con fórmulas.

No es una metáfora. En algunas ocasiones me desperté exaltado porque estaba haciendo cálculos mientras dormía. Supongo que cuando pasas diez horas resolviendo problemas, el cerebro decide que ocho horas de sueño son un desperdicio y continúa trabajando sin pedirte permiso.

Finalmente aprendí lo que necesitaba aprender y entré a la universidad.

Han pasado muchos años desde aquello y últimamente me hago una pregunta. ¿Qué hubiera pasado si en esa biblioteca hubiera tenido inteligencia artificial?

No me refiero a tener alguien que hiciera los ejercicios por mí. Eso hubiera sido relativamente inútil porque finalmente tenía que sentarme solo frente al examen. Me refiero a tener alguien sentado al otro lado de la mesa al que pudiera decirle: No entendí, y que me explicara nuevamente. Qué después de volver a preguntar lo mismo unas tres veces me diga donde me equivoqué.

Eso probablemente me hubiera ahorrado cientos de horas, y ahí empiezan mis dudas.

El tiempo que supuestamente nos sobra

Una de las promesas alrededor de la inteligencia artificial es el ahorro de tiempo. Y es verdad.

Puedo escribir un correo en dos minutos, analizar un documento en cinco, resumir información que me hubiera tomado una hora leer o empezar a investigar un tema sin pasar primero media mañana preguntándole a San Google dónde encontrarlo.

Visto individualmente parece que hemos ganado. El problema es que yo no soy el único que tiene inteligencia artificial. La persona que recibe mi correo también la tiene.

Mi cliente la tiene, mi competencia la tiene, mis colaboradores la tienen y cada día la tendrá más gente.

Algunos todavía la usan para preguntarle el horóscopo, otros le pasan las preguntas de un examen esperando obtener las respuestas. No importa, probablemente todos empezamos usando una nueva tecnología para hacer algo que ya conocíamos.

Las computadoras personales tuvieron juegos, internet tuvo páginas donde básicamente no hacíamos nada. Los Smartphones nos permitieron pasar horas lanzando pájaros contra cerdos. Después descubrimos que detrás había algo más.

Con la inteligencia artificial está pasando lo mismo.

Alguien que hoy pregunta el horóscopo mañana puede descubrir que esa misma herramienta puede ayudarlo a revisar un contrato, aprender Excel, entender un balance, programar una aplicación o explicarle por qué demonios un cuerpo acelera cuando existe una fuerza neta actuando sobre él.

Es una curva de aprendizaje.

Lo interesante será lo que suceda cuando una cantidad importante de personas termine de subirla. Porque entonces el ahorro de tiempo empieza a parecerme una ilusión.

Si solamente yo puedo hacer en una hora lo que antes hacía en cuatro, tengo tres horas libres. Si todos podemos hacerlo, probablemente alguien descubrirá que ahora podemos hacer cuatro cosas en lugar de una.

Y se acabaron mis tres horas.

Todos con superpoderes

Yo veo a la inteligencia artificial como una especie de superpoder. No porque nos haga más inteligentes, eso está todavía por discutirse.

Pero sí porque amplifica ciertas capacidades.

Puedo investigar más rápido, analizar más información, producir contenido, escribir código, comparar alternativas y explorar posibilidades que antes hubiera descartado simplemente porque no tenía suficiente tiempo. El problema de tener superpoderes aparece cuando todos los demás también los tienen.

Superman es extraordinario porque el resto de nosotros no podemos volar. Si mañana todos volamos, probablemente el lunes alguien nos va a pedir llegar más rápido a la oficina.

Y sospecho que eso ya está empezando a ocurrir con la inteligencia artificial.

La productividad extraordinaria de hoy puede convertirse simplemente en la productividad esperada de mañana. Pero hay otro problema que me preocupa más.

Preguntar no es aprender

Hace poco tuve una conversación casual con una inteligencia artificial sobre mi experiencia profesional. Quería pensar en algunas cosas que podía mejorar durante el próximo año.

La consulta parecía sencilla, dos horas después seguíamos conversando.

Una respuesta había abierto tres posibilidades, una de esas posibilidades llevó a otra pregunta y esa pregunta abrió cinco caminos adicionales. En algún momento ya no sabía exactamente si estaba resolviendo la pregunta original o simplemente disfrutando la conversación.

Casi nos ponemos a tomar una cerveza.

Lo curioso es que al terminar tenía la sensación de haber aprendido muchísimo, y quizás aprendí algo. Pero una sesión con inteligencia artificial no necesariamente es aprendizaje.

Puede ser una excelente lectura, puede generar curiosidad. Puede mostrarnos cosas que desconocíamos y llevarnos hacia caminos que nunca hubiéramos explorado.

Pero preguntar, leer una respuesta y continuar preguntando no significa necesariamente que ese conocimiento ahora sea nuestro.

La cantidad de información que podemos generar en una sola sesión puede ser abrumadora, y ahí aparece un riesgo importante: confundir acceso al conocimiento con conocimiento. Son dos cosas diferentes.

Yo podía tener todos los libros de física de la biblioteca frente a mí, eso no significaba que sabía física. Tuve que leerlos, hacer ejercicios, equivocarme, volver atrás, intentar nuevamente y pasar tantas horas pensando en fórmulas que eventualmente terminé soñando con ellas.

Quizás la inteligencia artificial me hubiera evitado parte del camino, pero difícilmente hubiera podido recorrerlo completamente por mí.

Puede ahorrarme dos horas buscando una explicación. No puede aprender esas dos horas en mi lugar.

¿Y ahora cómo enseñamos?

La semana pasada conversaba con dos personas cercanas a la academia. Una tenía una posición bastante abierta sobre el uso de inteligencia artificial y la otra estaba más inclinada hacia controlar su utilización.

La discusión es comprensible. Quien enseña necesita saber si el alumno realmente aprendió o si simplemente encontró una herramienta capaz de producir una respuesta convincente.

Una de ellas me comentaba que ahora, en determinados escritos, deberán agregar una nota aclarando que utilizaron inteligencia artificial, que no están copiando y que el contenido fue generado por ellos.

Era de esperarse.

Aparecerán declaraciones, reglamentos, restricciones y probablemente mecanismos mucho más engorrosos. Pero eso no devolverá a los alumnos a los libros. La inteligencia artificial ya existe.

Entonces quizás estamos haciendo la pregunta equivocada.

En lugar de preguntar cómo impedimos que un estudiante use inteligencia artificial, deberíamos empezar a preguntarnos: ¿Cómo enseñamos ahora que el estudiante tiene acceso a ella?

Y más importante aún: ¿Cómo sabemos que aprendió?

Vuelvo entonces a aquella biblioteca.

Si hubiera tenido inteligencia artificial probablemente habría aprendido física más rápido.

Podría haber tenido un profesor disponible durante diez horas, sin cansarse, sin molestarse porque preguntaba cinco veces lo mismo y capaz de buscar una forma diferente de explicarme algo cada vez que yo dijera que no entendía.

Eso me parece extraordinario, pero después tendría que cerrar la computadora, tomar un lápiz y resolver el problema. Ahí descubriría si realmente aprendí.

Quizás la discusión sobre inteligencia artificial y educación debería empezar por ahí.

No en cómo evitamos que los estudiantes tengan acceso al conocimiento, sino en cómo aprovechamos que ahora lo tienen prácticamente al alcance de un teclado sin confundir ese acceso con aprendizaje.

¿Y qué hacemos con el tiempo?

Regreso finalmente al supuesto ahorro de tiempo.

Si la inteligencia artificial consigue que aprendamos más rápido, trabajemos más rápido y resolvamos problemas más rápido, en teoría deberíamos tener muchísimo tiempo libre.

Yo todavía no lo encuentro, mi agenda sigue llena, mis correos siguen llegando.

Y sospecho que la mayoría de quienes están usando inteligencia artificial para trabajar tampoco salen tres horas antes de la oficina porque terminaron sus tareas más rápido.

Simplemente hacen más cosas. Quizás todavía estamos en una etapa temprana.

Tal vez algún día las máquinas hagan una parte tan grande de nuestro trabajo que finalmente aparezcan todas esas horas que llevamos décadas tratando de ahorrar. Ese día tendremos otro problema.

Durante mucho tiempo nos preocupamos por aprender a usar la tecnología para ser más productivos. Quizás en el futuro tengamos que aprender qué hacer cuando ya no necesitemos serlo tanto.

Por ahora solo sé que tenemos una herramienta extraordinaria delante.

Una capaz de ayudarnos a aprender física, escribir software, analizar información, contestar correos y, si insistimos, probablemente también decirnos qué nos depara el horóscopo.

Tenemos superpoderes, solo que los demás también.

Y si algún día la inteligencia artificial termina haciendo todo el trabajo y finalmente nos sobra tiempo, al menos yo ya tengo una idea de qué hacer con una parte, me voy a tomar esa cerveza que tengo pendiente.