La semana pasada recibí un correo, No era un mensaje particularmente largo y tampoco parecía escrito para despertar nostalgia. Era uno de esos comunicados que las empresas envían a sus distribuidores y asociados para informar que algunos productos llegaron al final de su vida útil.
En este caso, el mensaje anunciaba que dejarían de comercializarse varias líneas de productos, entre ellas tarjetas y placas de telefonía IP, Session Border Controllers y gateways. Leí el mensaje un par de veces.
No porque tuviera una oportunidad comercial pendiente o porque necesitara comprar alguna tarjeta antes de que se terminara el inventario. Lo hice porque una parte importante del hardware que aparecía en aquel listado fue creada para resolver un problema del que quienes trabajábamos en Voz sobre IP hablamos durante muchos años: la última milla.
Un puente entre dos mundos
Durante toda la década pasada decíamos que quedaba cada vez menos espacio por cubrir por parte de la Voz sobre IP.
La tecnología avanzaba, las centrales telefónicas se convertían en software y el protocolo SIP se volvía cada vez más común. Sin embargo, en algún punto del recorrido todavía aparecía una línea analógica, un enlace digital o una conexión entregada por el operador que no podía conectarse directamente con el servidor.
En algunos casos la situación era incluso curiosa.
La señalización llegaba como SIP hasta un módem instalado en la oficina del cliente. Desde ahí salía por un puerto RJ11 convencional, como el de cualquier teléfono de casa, y para volver a introducirla en el servidor era necesario colocar un gateway analógico.
El recorrido era más o menos así: VoIP → analógico → VoIP otra vez. No era elegante, pero funcionaba.
Ese pequeño tramo analógico era una especie de recordatorio de que el futuro nunca llega de manera uniforme. Podemos tener servidores en la nube, teléfonos IP y aplicaciones funcionando desde el navegador, pero siempre queda una impresora, un fax, un ascensor, una alarma o una línea telefónica antigua que se niega a abandonar el siglo anterior.
Para conectar esos dos mundos aparecieron compañías como Dialogic, Digium y Sangoma, entre otras. Ellas fabricaron tarjetas y gateways capaces de recibir líneas telefónicas convencionales y convertirlas en algo que un servidor pudiera entender.
El hardware era el traductor. De un lado estaba la red telefónica tradicional. Del otro, el software.
Cuando la telefonía se volvió software
La Voz sobre IP nació para vivir en ambientes digitales. Su espacio natural eran las redes de datos e Internet. El problema era que las operadoras telefónicas todavía no vivían allí.
Durante varios años continuaron entregando líneas analógicas o enlaces digitales, por lo que alguien tenía que construir el puente entre aquellas redes y las nuevas plataformas IP. Una implementación podía tener extensiones SIP, grabación de llamadas, correo de voz, reportes y un pequeño call center, pero para recibir una llamada de la calle seguía necesitando una tarjeta física conectada al servidor. Luego apareció Asterisk.
Asterisk permitió que una computadora convencional pudiera convertirse en una central telefónica. Con el tiempo, su condición de proyecto de código abierto fue una de las claves para que la Voz sobre IP pudiera masificarse. Las empresas ya no necesitaban empezar comprando una central propietaria costosa; podían instalar software, aprender, experimentar y construir sobre él.
Pero Asterisk también necesitaba conectarse con el mundo que ya existía.
Ahí Digium, la compañía creada alrededor del proyecto, comenzó a producir tarjetas de telefonía para líneas analógicas y digitales. Esas tarjetas terminaron dentro de miles de servidores en oficinas, hoteles, hospitales, universidades, fábricas y centros de llamadas.
En 2012, cuando hablaba del diseño de equipos como el ELX025 y el Mini UCS, uno de los problemas recurrentes era precisamente decidir cuántos puertos analógicos o enlaces E1 debían incluirse. Incluso desarrollamos equipos completamente SIP que técnicamente eran más pequeños y flexibles, pero Latinoamérica todavía no estaba preparada para abandonar las conexiones convencionales. La telefonía IP avanzaba, pero necesitaba llevar equipaje.
Una predicción que tardó doce años
En 2014 escribí que alguna vez imaginé un mundo sin operadoras de telefonía, donde las compañías se dedicarían principalmente a vender datos y la última milla estaría completamente cubierta.
En ese momento yo mismo reconocía que el escenario todavía parecía lejano, especialmente en Ecuador. Las operadoras continuaban obteniendo buenos ingresos con la telefonía tradicional y las líneas convencionales seguían llegando a muchas empresas. Han pasado doce años.
Las operadoras no desaparecieron y probablemente no lo harán. Sin embargo, hoy buena parte de su negocio ya gira alrededor de los datos. Incluso cuando nos venden telefonía, muchas veces lo que recibimos por debajo es un servicio IP.
Quizás mi predicción no se cumplió de la forma exacta en que la imaginé, pero algo cambió, el puente se usa cada vez menos.
Digium dejó de existir como compañía independiente después de que Sangoma completara su adquisición en septiembre de 2018. La operación reunió bajo una misma empresa a dos actores históricos del mundo de las comunicaciones abiertas: Asterisk y FreePBX.
Otros fabricantes, productos y proyectos relacionados con la integración telefónica también fueron desapareciendo o cambiando de rumbo. No necesariamente porque fueran malos, desaparecieron porque cumplieron su función.
La última milla estaba siendo cubierta y cada vez había menos necesidad de instalar una tarjeta dentro de un servidor para conectar una línea analógica. En Estados Unidos y Europa, gran parte de las conexiones empresariales ya se entrega mediante SIP. En Latinoamérica, África y algunas otras regiones todavía encontraremos proyectos analógicos o digitales, pero incluso allí el espacio se reduce.
Por eso aquel correo me pareció más importante de lo que probablemente pretendía ser. No era únicamente el final de una familia de productos, era la confirmación de que el traductor estaba dejando de ser necesario.
De la tarjeta física a la nube
He estado caminando por este mundo de la telefonía desde el año 2008. Durante este tiempo he visto servidores llenos de tarjetas, cables conectados en posiciones imposibles, enlaces digitales que se negaban a sincronizar y líneas analógicas cuyo ruido podía convertirse en el principal tema de una reunión técnica.
También vi cómo esas instalaciones fueron desapareciendo. Primero sacamos las tarjetas del servidor y pusimos gateways externos. Luego llevamos la central telefónica a un centro de datos. Finalmente dejamos de instalar centrales y comenzamos a contratar plataformas completas en la nube.
En 2014, pensar que la mayoría de las PBX y los Contact Centers terminarían en la nube todavía parecía algo distante. No era imposible, pero requería conectividad, confianza y un cambio importante en la forma en que las empresas entendían sus comunicaciones. La pandemia terminó de empujar ese proceso.
Las oficinas cerraron, los agentes tuvieron que trabajar desde sus casas y las organizaciones descubrieron que la central telefónica no necesitaba estar en el mismo edificio que las personas. Las herramientas de Voz sobre IP, el trabajo remoto y la comunicación asincrónica permitieron mantener operativas muchas actividades que antes dependían de una ubicación física.
En pocos años pasamos del servidor con tarjetas al servicio contratado con una tarjeta de crédito. No sé si eso es mejor o peor, es diferente.
La telefonía ya no es el rey
También cambió la forma en que nos comunicamos. La llamada telefónica sigue siendo importante, especialmente cuando necesitamos una respuesta inmediata, resolver un problema complejo o escuchar a otra persona. Sin embargo, ya no es el centro absoluto de las comunicaciones.
El correo electrónico, la mensajería instantánea, las redes sociales, los formularios web y los chats ocupan una parte cada vez mayor de nuestras conversaciones. La telefonía sigue sentada en la mesa, pero ya no está en la cabecera.
A todo esto debemos sumar la aparición de la inteligencia artificial y de los agentes virtuales capaces de llamar, contestar, preguntar qué necesitamos o intentar vendernos algo.
En el mundo de 2014, cuando todavía desarrollábamos software para plataformas de Voz sobre IP, imaginar un agente virtual llamando a una persona para ofrecerle un seguro parecía exagerado. No imposible, exagerado.
En aquel mundo muchas cosas dependían del esfuerzo humano y de meses de desarrollo. Hoy parte de ese trabajo se está trasladando hacia sistemas automatizados y hacia una nueva forma de crear software a la que algunos llaman vibe coding.
Hace pocos años discutíamos si un chatbot debía permitirnos hablar con un agente humano. Ahora estamos intentando averiguar si la voz que nos atiende pertenece a una persona o a una inteligencia artificial.
El cambio ha sido rápido, tanto, que en ocasiones no hemos tenido tiempo de comprenderlo.
Toby llama al tío Juan
Llevando por un momento esta historia de vuelta al mundo analógico, me hubiera gustado estar en la cabaña del tío Juan.
Su telefonía todavía llega por un par de cobre tradicional. No hay fibra óptica, SIP Trunks ni aplicaciones móviles. Hay únicamente dos cables y un teléfono antiguo, quizás un Ericsson de los años cincuenta, colocado sobre una mesa de madera.
En algún centro de datos, un agente virtual de inteligencia artificial —llamémoslo Toby— decide llamarlo para venderle un seguro.
Toby genera cada palabra dentro de una computadora. Su voz nace de un modelo, de cálculos y de unos y ceros. Luego atraviesa servidores, redes y plataformas hasta llegar a la central del operador.
En algún punto, para poder entrar en la casa del tío Juan, esa voz deja de ser únicamente información digital y se convierte en una señal eléctrica que viaja por el viejo par de cobre. El teléfono suena.
El tío Juan levanta el auricular y escucha una voz amable que le pregunta cómo se encuentra. Por unos minutos, Toby se vuelve analógico.
Su humanidad artificial viaja por un cable instalado probablemente antes de que existiera Internet y llega hasta un teléfono que no tiene pantalla, sistema operativo ni actualizaciones pendientes.
Me hubiera encantado ver esa llamada, no por el seguro, por el recorrido.
Del modelo de inteligencia artificial al centro de datos, del centro de datos a la red telefónica, de la red al cobre y del cobre al oído de una persona que probablemente no sabe —y quizás tampoco le importa— que está conversando con una máquina.
Es posible que aquella llamada nunca ocurra.
Quizás el operador descontinúe antes la línea de cobre y el tío Juan se vea finalmente obligado a comprar un smartphone. Toby ya no tendrá que transformarse en señal analógica para hablar con él. Lo llamará directamente mediante una aplicación o aparecerá como una notificación en la pantalla. Será más eficiente, Pero definitivamente tendrá menos poesía.
El final de una época
¿Estamos viendo el final de una época? Probablemente sí, aunque no creo que estemos presenciando el final de la telefonía.
La telefonía ha sobrevivido al telégrafo, al correo electrónico, a la mensajería instantánea, a las redes sociales y a las videoconferencias. Seguramente también sobrevivirá a la inteligencia artificial.
Lo que estamos viendo desaparecer es otra cosa. Estamos viendo el final de las tarjetas, los gateways y los pequeños puentes que durante décadas permitieron que la telefonía convencional conversara con Internet.
Para quienes trabajamos en esta industria, aquellos dispositivos no eran únicamente hardware. Eran la evidencia física de una transición. Podíamos señalar una tarjeta instalada en un servidor y decir: aquí termina el mundo antiguo y empieza el nuevo.
Ahora esa frontera se ha vuelto invisible. Todo ocurre en software, en centros de datos y en servicios que probablemente nunca veremos físicamente.
La telefonía ha sido una de las cosas más increíbles que inventó el ser humano. Nos enseñó a vencer la distancia, creó una infraestructura global y, en buena medida, preparó el camino para el mundo conectado que tenemos hoy.
Ese correo no anuncia la muerte de la telefonía, anuncia que uno de sus trabajos está terminado.
Quizás la última milla no llegó a su fin cuando todas las llamadas se volvieron IP, sino cuando dejamos de necesitar una caja para traducirlas.
En algún lugar todavía sonará un teléfono antiguo y alguien levantará el auricular, del otro lado podría estar una persona o podría estar Toby.
